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24
mar
2019
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Caravasar. Ruta de la Seda (1ª parte), Turquía.


¿Por qué no comenzar hoy mismo?…

Cada vez que vuelvo a la ruta de un gran viaje en bicicleta me siento agradecido por todo lo que significa, volveré a reencontrarme para buscar lo que me hace feliz, me abriré a nuevas formas de vida y de aprendizaje continuo, sin condicionamientos en forma de normas estrictas que nosotros mismos nos imponemos.

Comienza Caravasar, un viaje en bicicleta por el interior de Turquía y que me llevará sin rumbo determinado a tierras caucásicas en Oriente Medio.

Llegué a Ankara, la capital turca donde me esperaba la familia de Jimi y Rose de la plataforma Warmshowers. Al día siguiente se fueron bien temprano al trabajo y me quedé preparando todo el equipo. Me hicieron sentir como en casa. Estaba emocionado por volver a la ruta, con ganas de adentrarme en la Turquía rural y desconocida.

Los preparativos, permisos, visados y miedos quedaban atrás nada más sentir los primero kms en Turquía, un país que en anteriores viajes nos mostró su hospitalidad y la mejor sonrisa.

Los peligros de adentrarse en un mundo desconocido pueden hacernos sentir indefensos y por eso muchas veces no nos atrevemos a lanzarnos. Quizás el camino que más necesitemos tomar sea aquel que está cerrado por el miedo. Detrás de nuestros temores se esconden grandes regalos, como el que nos ofreció una familia del pequeño pueblo de Beynam.

Cada día en los pequeños pueblos, llegamos a la mezquita y preguntamos por el imán para buscar alojamiento. Sin pensarlo un instante nos buscan un lugar para descansar, nos traen cena abundante con la seguridad también que tendremos un variado desayuno a la mañana siguiente.

La simple pregunta o intención de pagar algo les causa sorpresa y aceptar un dinero sería motivo de vergüenza. En occidente, desgraciadamente todo está casi mercantilizado, todo tiene un precio, cuando no nos damos cuenta que uno de los grandes sentidos de la vida es el altruismo.

Nos sentimos afortunados de permitirnos viajar a fuego lento y de transformar el esfuerzo de cada kilómetro en superación y realización personal. La felicidad no duele y por tanto no debe oprimir, ni rozar ni quitar el aire, sino permitirnos ser libres, ligeros y dueños de nuestros propios caminos.

Podríamos decir, casi sin temor a equivocarnos, que una buena parte de nosotros nos adaptamos casi a la fuerza a muchas de nuestras rutinas cotidianas, incluso siendo conscientes de que no nos hacen felices. Es como ir en el interior de una noria que nunca para de girar. El mundo, la vida, acontece nerviosa y perfecta ahí abajo, inaccesible y risueña, mientras nosotros seguimos cautivos de nuestras rutinas.

Mañana cuando comencemos el día, volveré a dialogar con mi mente para que se acostumbre a los cambios, a los riesgos e incluso a las amenazas. Es la mente, la que me susurra aquello de “adáptate aunque no seas tan feliz, porque la seguridad garantiza la supervivencia”.

Se nos olvida, tal vez, que para ser feliz hay que tomar decisiones que nos libren de los zapatos ajustados y atrevernos a caminar descalzos, se nos olvida que el amor no tiene por qué doler, que la docilidad en el trabajo nos acaba quemando y que a veces, hay que hacerlo, hay que desafiar a quién nos somete y salir por la puerta de entrada para crear nuestro propio camino. Nuestra propia felicidad.

¿Qué tal si empezamos hoy mismo?

Desde Kirsehir en dirección a la Capadoccia.

VIAJAMUNDEANDO